El poder de la percepción: cómo tus creencias sobre el sueño afectan cómo te sientes

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Para muchos, la idea de sentirse descansados después de unas pocas horas de sueño parece imposible. Estamos condicionados a creer en la sagrada regla de las ocho horas, a buscar ayudas para dormir y a obsesionarnos con los rastreadores del sueño. Pero, ¿qué pasa si la clave para sentirte bien descansado no es cuánto duermes, sino cómo piensas sobre tu sueño? Un creciente conjunto de investigaciones sugiere que la mentalidad juega un papel mucho más importante de lo que muchos creen.

La conexión entre la mentalidad y el sueño

El cerebro humano es notablemente adaptable y nuestras creencias tienen un impacto mensurable en nuestra salud y desempeño. Los estudios han demostrado que adoptar una “mentalidad de crecimiento” (la creencia de que las habilidades pueden mejorar con esfuerzo) aumenta la resiliencia y la voluntad de asumir desafíos. De manera similar, considerar el estrés como energizante en lugar de debilitante mejora las respuestas fisiológicas bajo presión. Este efecto se extiende al sueño, donde simplemente creer que dormiste bien puede imitar los beneficios del descanso real.

El problema es que somos terribles a la hora de juzgar con precisión nuestro sueño. Una parte importante de quienes se identifican como insomnes en realidad están descansando adecuadamente. Nuestras expectativas y creencias sobre el sueño pueden moldear cómo nos sentimos más que el sueño mismo. Un estudio de la UCLA que siguió a 249 personas con depresión encontró que la calidad del sueño autoinformada predecía el rendimiento cognitivo mejor que las métricas objetivas del sueño. Los participantes que creyeron que dormían mal obtuvieron peores resultados, incluso si sus relojes inteligentes mostraban lo contrario.

Cómo las creencias cambian la realidad

Los experimentos han demostrado aún más este fenómeno. En un estudio, a los participantes se les dijo que dormían ocho o cinco horas, incluso cuando se manipuló la duración real del sueño. Aquellos que creían que habían dormido ocho horas obtuvieron resultados significativamente mejores en las pruebas de vigilancia, mostrando un tiempo de reacción 20 milisegundos más rápido, equivalente a la disminución del rendimiento después de cuatro noches de sueño de cinco horas o dos noches con sólo tres. La actividad cerebral confirmó este efecto: creer en dormir más reducía el “impulso del sueño” (potencia delta) durante el día, lo que hacía que los participantes se sintieran más alerta.

No se trata de engañarte a ti mismo; se trata de reconocer cuán poderosamente el cerebro interpreta la realidad. Si cree que durmió mal, su cuerpo reacciona en consecuencia, perjudicando la cognición y el estado de ánimo. Por el contrario, creer que dormiste bien puede cambiar tu estado neurológico, aumentando el estado de alerta y la resiliencia.

Más allá del dormitorio: el papel de la vida diaria

Nuestras percepciones del sueño no se forman en el vacío. Factores como la actividad física, el estado de ánimo y el compromiso social influyen en cómo juzgamos la calidad de nuestro descanso. Investigadores de la Universidad de Warwick descubrieron que los índices de sueño de las personas fluctuaban a lo largo del día, siendo la actividad física la influencia positiva más fuerte. Incluso después de una mala noche de sueño, hacer ejercicio puede mejorar retroactivamente su memoria de lo bien que durmió.

Esto es crucial porque las creencias negativas sobre el sueño pueden crear ciclos autocumplidos. La preocupación por dormir mal desencadena ansiedad, lo que dificulta conciliar el sueño y refuerza la percepción de insomnio. Romper este ciclo requiere replantear su forma de pensar y desafiar expectativas rígidas.

Recuperando la narrativa del sueño

La buena noticia es que puedes remodelar activamente tu percepción del sueño. Las prácticas de atención plena, como la meditación, pueden entrenar la mente para observar los pensamientos sin juzgarlos, previniendo las espirales de ansiedad que alimentan el insomnio. Los estudios han demostrado que la atención plena no sólo mejora el sueño sino que también altera la actividad cerebral, reduciendo la vigilia durante la noche.

Otra clave es recalibrar las expectativas sobre la duración del sueño. La “regla de las ocho horas” no es universal. Muchas personas que duermen de forma saludable interiorizan un ideal poco realista, lo que genera preocupaciones innecesarias. Reconocer sus necesidades individuales puede reducir la ansiedad y mejorar la satisfacción del sueño.

En última instancia, si bien una buena higiene del sueño sigue siendo esencial, creer en la capacidad de afrontar la pérdida de sueño a corto plazo es una herramienta poderosa. Un cambio de mentalidad puede desbloquear la resiliencia, permitiéndole sentirse con energía y lúcido incluso después de levantarse temprano. El poder de sentirte descansado puede no radicar en las horas que pasas dormido, sino en cómo eliges percibirlas.

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